Impresión

Impresión

Por Jazmín Lozada

Una mujer con sombrero de hombre, vestido blanco y zapatos rojos entró al Louvre. Su esposo la llamaba por su nombre: “Margarita”, pero ella parecía ignorar todo. Sus pies seguían las líneas del poema que alguna vez Baudelaire escribió, se había sentido El cisne por mucho tiempo, y ahora podría estar ahí, entre todos aquellos que encontraron la belleza, en especial, Monet.

La primera vez que escuchó hablar de Monet fue en el colegio, cuando su profesor de Español hablaba de poesía, y en un momento comparó un soneto de Julián del Casal, En el mar, con la obra de Monet, Sol naciente. La palabra que impactó en ella fue “impresión”. La pasión que expresaba el maestro sembró en ella la necesidad de buscarlos, los impresionistas.

Llegó rápido al salón de los impresionistas. Entró y se dirigió con una sonrisa al guardia de seguridad, le dijo:

―Monsieur, Retournez à la peinture de Gauguin s’il vous plait.

Había practicado mucho su francés, solo para decir esa frase. El hombre dio la vuelta y Margarita disfrutó de ese rotar. Ahora podría admirar el retrato del hombre con sombrero y bigote, con mirada de entrometido, queriendo mirar que hay debajo del cuadro.  Aunque era maravilloso, porque Gauguin lo es, solo se quedó un momento. Tenía algo importante que hacer.

Buscó a Monet, pero primero vio a Manet. Estaba ahí la mujer, las mujeres desnudas, tan fuertes, tan felices, sin preocupaciones, exponiendo su belleza como una flor que se abre. ―Tú lo empezaste todo―Dijo a Olympia ―Tú y tu gata negra, sobre la cama, como si se acabaran de despertar después de un orgasmo, esperando al nuevo amante sin nombre y sin besos. Envuelta de perfumes y telas preciosas―.

Pero la obra favorita de Margarita era la mujer del Almuerzo sobre la hierba, sus ojos frente a su espectador, siendo tan natural como la hierba, sin cohibirse por las miradas de los hombres, sin pudor a su feminidad. ―En cualquier momento te saldrás del cuadro, e iras a buscar el amor. ―Le dijo Margarita.

Degas, Pissarro, Sisley, Renoir , Seurat, ¡Oh! Cézanne, el primero en ver con los dos ojos, y maestro de Rousseau, Van Gogh y Gauguin, todos saludaron a Margarita, y ella les regalaba una sonrisa. Era felicidad esa, de verlos a todos, sus amigos de noches solitarias, de domingos imaginarios, de días que brillaban.

De pronto estaba frente a él, Sol naciente, no era únicamente un cuadro, era una máquina del tiempo, Margarita por fin podría entrar en ese puerto y ver el amanecer romántico de Eduardo Monet.

Su esposo llegó a buscarla, preguntó al guardia si miró a una mujer con sombrero y zapatos rojos. El guardia le señaló una pintura, debajo había un sombrero de hombre.

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Punto rojo

Punto rojo

Por Jazmín Lozada

A los cuatro años descubrimos la entrada al infierno. Quizá usted imaginará mil posibilidades: puertas góticas, que con mirar su altura intimidan, o bien un agujero de grandes dimensiones el cual emana un vapor negro en algún rincón remoto de la tierra. O quizá dentro de un nicho, imagine bajando una larga, oscura y húmeda escalera de donde salen arañas, o una mano o el hocico de una bestia.

¡Pues no! La entrada al infierno era un punto rojo en la esquina del suelo de la cocina de la familia Ángel. Mi primo Baltazar y yo nos entreteníamos dialogando sobre cómo imaginábamos lo que existía tras ese cristal rojizo que por las tardes arrojaba destellos.

Para poder ver el interior cerrábamos un ojo y manteníamos el otro abierto. Llegamos a divisar sombras y cuando había silencio suficiente escuchamos algo parecido a palabras, gemidos, agua hirviendo.

Pasaron algunos años, nunca supimos cómo es que el infierno llegó allí. Una tarde mi tío tiró esa cocina café, con telarañas, paredes grasientas y olor a sopa caliente. Mientras observamos caer las paredes entre las nubes de polvo, se acercó a nosotros, brillando, rodando, una enorme canica roja.

La puerta

La puerta

Por Jazmín Lozada

Era esa puerta que me miraba y me atraía. Me hacía contemplarla como si fuera una virgen pidiéndome un templo. Me di cuenta que la detestaba. Odiaba esconderme detrás de ella mientras mis padres discutían. Abrí esa puerta y me dirigí al cuarto donde dormía el bulto que tanto odiaba. Ahí estaba como todas las tardes después de que su puta se había ido. Mientras tanto mi madre trabajaba para mantenernos a los tres o en el peor de los casos a los cuatro. Fui a la cocina por un cuchillo y le corté el cuello desde la yugular, vi que abrió los ojos por un momento, entonces lo enterré con  más fuerza. Detrás de mí, sentía como la puerta se burlaba; me llenó de rabia y me dirigí a ella, la golpeé con todo para destruirla. Volví al cuarto donde yacía la carroña humana. Mi madre llegó una hora después, aturdida, cansada, valiéndole poco todo, sólo queriendo llegar a la cama. No dije nada, ella gritó  y comenzó a llorar. Sabía que lloraba por sus sábanas blancas; las manchas  no se quitarían. Yo le dije: ―No te preocupes mamá, te compraré unas nuevas.

Hormigas intrusas

Hormigas intrusas

Por Jazmín Lozada

Imagínate, estás en verano y las hormigas se apoderan de tu casa.  Despiertas en tu cama después de haberte desmayado  por el calor. Tu brazo derecho no tiene piel, las hormigas lo rodean; observas como muchas  de ellas  van cargando pedacitos de ti, mientras otras vienen. Te levantas, estás desesperado ¡Delirando! ¡Gritando! Y entre temor te atreves a gritar su nombre, pero ella no acude a ti. Lo siguiente que haces, es quitarte esas diminutas cosas con el otro brazo ―Carajo te han penetrado, casi puedes ver el hueso— corres a la regadera y cuando por fin logras deshacerte de esas infames hormigas, ves un camino de sangre. En la puerta del baño está el perro del vecino ¡gritas¡ se lanza a ti y termina con tu brazo, ya no puedes luchar estás tan desangrado que  te cuesta estar consciente. Segundos después pierdes el equilibrio, caes y te golpeas contra la esquina del escusado. Las hormigas vuelven junto con cucarachas. Nadie encuentra tu cuerpo hasta dos semanas después en un estado de descomposición desagradable, no olvidemos, era verano y para entonces los insectos ya se te habrán metido hasta por las orejas.

Única oportunidad

Por Jazmín Lozada

Todavía no cantaba el gallo, cuando a la puerta de Gabriel alguine tocó. Fueron tres golpes. Se levantó de mal humor, extrañando ya la cama. Abrió la puerta y entre las nuves se veían unos cuantos rayos de sol. Era su tía Elena.

—Hijo. Qué bueno que te encontré, siento mucho despertarte tan temprano, pero necesito de tu ayuda.

—Por favor, tía, pasa a la sala, hace mucho frío aquí afuera.  Dime, ¿Qué se te ofrece?

—Estoy aquí porque necesito tu ayuda en algo muy especial, mañana veré a la Virgencita.

Gabriel no dijo nada, porque le pareció estúpido, y decirle lo que pensaba a su tía no sería nada amable.

—Ya sé  que no me crees, nadie lo hace y no pido que lo hagas, solo quiero que me ayudes.  Si veo a la Virgen, ella me podrá ayudar, le pediré que me cure de mi esta enfermedad que se está llevando mi vida.

—¿Pero cómo es posible ver a la Virgen?

—Mi amiga, Juana, me contó que hay un padre que hace contacto con la Virgen.  Desde hace algunos días comenzamos parte del ritual. Hemos llevado ofrendas al altar que construimos, y cada noche rezamos el rosario y le cantamos a nuestra Virgen morena.

Gabriel se molestó porque supo que le estaban viendo la cara a su tía. Él no creía en milagros y menos para ellos, esas cosas le pasan a gente importante, a quienes viven en lugares hermosos, los que están destinados a cosas buenas.

—Ni usted, ni yo vamos a ir. ¿No lo ve?, eso es mentira. A ver, dígame ¿cuánto dinero le va a salir ese chistecito?

—Sabía que dirías eso. Solo dos mil pesos, mijo. No es nada, a comparación de lo que cuesta mi tratamiento. Entiéndeme, es la única oportunidad que tengo para salvarme.

—Y ¿para qué quiere que vaya?

—La cita es en la madrugada, a las dos tenemos que estar ahí.  Tú sabes que este barrio es muy feo, si voy sola quizá no llegué, además alguien tiene que cuidar a nachito.

—Esto no me gusta.

—No tiene que gustarte, lo peor que puede pasar es que no pasé nada. Por favor, si no tendré que intentarlo sola.

Gabriel tuvo que ir. A las diez de la noche su tía se presentó en la casa, en su espalda llevaba a su bebé dormido. Esperaron la madrugada, a la una se alistaron para salir. Tras cerrar la puerta, Gabriel sintió el frío húmedo de la madrugada que terminó por despertarlo. Rápido, sus zapatos se llenaron de lodo, era difícil esquivar los charcos, el lodo, el excremento y la pobreza. Las calles apenas iluminadas se parecían mucho a una ceguera. Los dos llevaban una lámpara en las manos, el bebé dormía. Tenían que caminar cinco cuadras para llegar a su destino. Los perros ladraban fuerte, de la misma forma que ladran a la muerte cuando va pasando.

Sus sombras se perdían entre las casas de madera podrida,  el cartón húmedo. Los tres se perdieron en la oscuridad de la misma forma en que se pierden las flores entre el lodo.

Gabriel quería regresar a casa y dormir, pero pensaba en su tía “es la única oportunidad”. La verdad era que, si no funcionaba aquello, se tendría que resignar a una muerte dolorosa y un final en la fosa común, un niño huérfano que heredaría la pobreza de siempre.

Una calle antes de llegar encontraron a un hombre tirado en el lodo, durmiendo con los perros. “¿Estará vivo?” se preguntaron los dos, pero no lo dijeron.  No era de su incumbencia. La muerte pasaba por ahí todas las noches y de manera perversa se llevaba la vida de los habitantes de aquella colonia. Eran muertes tan insignificantes que no aparecían en los periódicos.

Llegaron a la una cuarenta y cinco de la madrugada. Una mujer de aspecto descuidado abrió la puerta. Era una casa pequeña, las paredes eran blancas pero sucias, el piso era de tierra. No había diferencia entre adentro y afuera, hacia el mismo frío.

El interior estaba adornado por una estatua de la Virgen María, justo en el centro de la habitación. Alrededor de las paredes habían unas cuantas sillas, que parecían estar a punto de romperse. Una pequeña mesa de metal oxidada, pero que se alcanzaba a distinguir la palabra “Tecate” sobre el tablero, allí yacían unos cuantos libros, en las portadas habían ángeles, demonios,  y por supuesto el Sabbat.

A las dos de la madrugada apareció un hombre, entró por la puerta que daba a un pequeño cuarto. Aparentaba tener cuarenta años. Vestía un traje blanco pero amarillento. En sus brazos traía objetos para el ritual. Se presentó ante el grupo.

—Buenas noches, estimados. Diríjanse a mí como maestro. Mi nombre no importa, porque podrían llamarme de cualquier manera y seguiría siendo el mismo. Siéntanse afortunados, hoy estamos por presentar algo único. Han sido elegidos por fuerzas más grandes de las que entendemos para poder presenciar lo que ha sido reservado para unos cuantos. — Miró a cada uno  a los ojos y siguió — Antes de continuar, es mi deber advertirles, su vida cambiará de muchas maneras. Si están aquí solo por curiosidad les pido que se marchen, pues solo evitarán que suceda el milagro, recordemos que las puertas solo se abrirán para los que crean en el otro mundo.

Gabriel estuvo a punto de decir algo, de pararse y salir por la puerta. Pero su tía lo miró y eso bastó para quedarse. Le tendió al niño en sus brazos y le dijo:

—Me lo cuidas mucho, si se despierta le das de comer, hay medio biberón con leche y otro con agua. —Al ver que su sobrino no dijo nada prosiguió— Muchas gracias, mijo, ya veré como te recompenso.

Él sonrió y se tragó todo lo que en realidad quería decir. Su tía sonrío, estaba feliz, llena de vida como hacía mucho no lo estaba. Se alejó unos pasos, pero pareció una distancia infinita.

Dos mujeres dibujaron un círculo con sal en medio de la sala. Otros hombres ayudaban con los preparativos. El “Maestro” se encontraba meditando. Pasaron unos minutos.

—Ahora todos nos sentaremos dentro del círculo. Hay quienes dicen que los rituales son brujería, cosas del diablo, pero hay que recordar que el diablo existe para quien lo nombra. Nosotros llamaremos a la Virgen María, nada hay que temer en los santos y Ángeles, pues ellos están para protegernos y nosotros para adorarlos. Empecemos pues, nuestro ritual.

Todos se miraron, pues eran cómplices, en el fondo algo les advertía que eso estaba mal, pues en aquellos barrios se dicen muchas cosas, de charlatanes, de brujos, de demonios, porque es más fácil creer en el mal que en lo bueno. Aun así, esa noche, estaban dispuestos a arriesgarlo todo, porque lo que más querían solo se cumpliría con un milagro.

—Para que esto funcione, hermanos, tenemos que creer en la Virgen, hay que tener una fe ciega en la existencia de nuestra madre y padre. Todos utilicen su rosario y su cristo, piensen únicamente en nuestra madre.

La gente estaba muy atenta. Gabriel empezó a tener sueño, uno muy pesado, se quedó dormido. Un humo oscuro empezó a contaminar el lugar, las ventanas se cerraron, las personas se confundían entre ellas. Cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, el “maestro” empezó un rezo que nadie había escuchado antes y pidió a cada uno de los asistentes que cortaran una pequeña parte de su piel, suficiente para  dejar caer una gota de sangre sobre una osamenta. La gente lo hizo, temerosa pero a la vez ilusionada. Elena, estaba feliz, hizo todo sin preguntar, sin pensar en otra cosa más que la Virgen.

Todo se envolvió de una oscuridad infernal, las paredes sucias desaparecieron consumidas por la negrura de esa noche. Empezaron a escuchar voces, las palabras pronunciadas eran en otra lengua, pero ellos la entendían.

De algun lugar, parecido a un eco, se escuchaban risas, palabras incompletas, aullidos de dolor, suplicas, cada vez estaban más cerca, hasta poder escucharlas en sus oídos, dentro de sus cabezas, y aún más adentro, en aquello que llamamos alma.

Cada uno de los asistentes estaba ahí por una razón especial. Pedro quería cambiar su suerte y la de su familia, quería que por arte de magina, la Virgen le ayudara a ser menos pobre. Antonio, iba a pedir que curaran a su bebé moribundo a causa de la anemia. Entonces los demonios salieron, y comenzaron a burlarse de ellos, de sus males, de su desgracia.

Se acercaron a cada uno y los devoraron, de manera que pareció una eternidad, aunque solo fue un momento.

—Elena, yo soy tu cáncer, ¡jaja!— le decía mientras le mordía las entrañas, mientras la sangre le resbalaba por las piernas. —Nadie te salvará, menos la virgen, porque a ella no le importas, porque solo los demonios están reservados para personas como tú.

Elena, veía a su hijo y sobrino, sentados en una silla, como si todo fuera un sueño. Quería alcanzarlos, tocarlos, salvarlos, pero cuando parecía alcanzarlos se deshacían como el polvo, como los muñecos de lodo que hacía de pequeña. Ahora, lo único real eran los demonios. Iguales a como se los había imaginado, como su madre le contó de pequeña, como la iglesia los dibujó.

Le pareció una eternidad, pero por fin vio la puerta, una cascada de sangre hirviendo la llamaba, pero los demonios no la dejaban avanzar, y Elena se quedó ahí, gritando de dolor, del dolor que sentía sobre su piel y sobre su corazón.

A la mañana siguiente, Gabriel despertó por los llantos del bebé. Al abrir los ojos, se encontró con una escena espantosa. Los cuerpos de las personas estaban dentro del círculo de sal, pero parecían que habían luchado por salir de él. El suelo de tierra estaba rasguñado y había huellas de pesuñas y de patas de aves. El rostro de los hombres y las mujeres eran horrorosos.

Encontró el cuerpo de la tía Elena devastado, como si en unas cuantas horas su enfermedad se la hubiera consumido. No pudo soportar el terror, en un silencio que le causó más dolor que cualquier grito, Gabriel salió corriendo. Afuera, los perros y los gatos lo veían con ojos curiosos. Le abrieron camino sin ladrarle, solo mirándolo con pena. El bebé iba en sus brazos, llorando.

 

La horrible infección

La horrible infección

Por Jazmín Lozada

La cuchara, el vaso, la taza, la cafetera en el fregadero, llenándose de moscas, expidiendo olores de pesadillas, de pasillos obscuros, de amores muertos. Las cuatro de la tarde, la misma hora en que se dieron su primer beso, Catalina lo recordaba, porque le encantaba recordar cosas. Muchacha nostálgica.

―Alberto…― Suspiraba como colegiala. ― Alberto― Decía y el aire se le acababa. ― Alberto…― Cada vez con un tono más triste ― Alberto…― Poco a poco la voz se le iba apagando―Al…ber…to― Dejó caer la “O” tan fuerte que la mesa tembló.

Las moscas seguían sobre el trastero, sobre la fruta. Los mangos ya eran negros, las manzanas despedían vinagre. Todo era ácido, su boca, sus labios, ácidos, brillantes.

Se escuchaba, el tic tac del reloj, el aleteo de las moscas. La luz entraba por una ventana sucia. Catalina contemplaba el polvo que se dejaba ver entre los rayos del sol. Brillaban, parecían danzar. Por un momento pensó, en que ella, en algún tiempo también sería polvo y podría bailar entre los rayos del sol. Quiso sonreír,  movió levemente los labios, pero se movieron en sentido contrario. Si alguien la viera, pensaría que está muy triste.

Le dolía la espalda, tenía frío, no se quería mover. Planeaba pasar ahí el resto de su vida. ¿Cuándo moriría? Sabía que le quedaba suficiente tiempo para recordar.

Alberto, estaba acomodando libros dentro de una librería en donde trabajaba.

―Hola, buscó libros de poesía. ― Catalina no sabía qué, pero sentía la necesidad de ver belleza, de sentir, y al mismo tiempo quería aprender a soltar, por medio de la palabra, los monstros que no la dejaban dormir, que le susurraban al oído que se cortara la piel, que cruzara la calle sin ver, que se fuera lejos y nunca regresara.

― ¿Algo en particular?

― Pues, si tienes de Baudalaire.

―Tengo un libro de ensayos sobre la obra de Baudalaire.

Los libros de ensayos no fueron suficientes para calmar las ansias de belleza, pero sí para encontrar el amor. Alberto la invitó a tomar un café, sin saber lo importante que sería, en la vida de los dos, aquella infusión, negra. A Catalina no le gustaba tomar café, pero disfrutaba de mirarlo, porque en una taza de café encontraba la noche.

-Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura,
A esa horrible infección,
Estrella de mis ojos, sol de mi natura,
¡Tú, mi ángel y mi pasión!

-Una Carroña. Baudelaire.

Era el poema favorito de Catalina. ¿Cómo no serlo? ¡Si era tan dulce entre tanta peste y morbosidad!

―Alberto, mi amor― Dijo entre sollozos. ―Eres la horrible infección.

Una mosca voló del fregadero, a la mesa, frente a Catalina.

―Somos una horrible infección.

Pero no era la sangre hirviendo por los rayos del sol, secándose, evaporándose, pudriéndose, lo que los volvía una horrible infección. Era otra cosa, más humana.

Después de dos años, una vida para los veinteañeros, Alberto la había traicionado, Catalina lo había traicionado.  Una noche, no puedo más con su indiferencia, sentía que sus caminos se separaban, que todos los planes acabarían. No podía regresar con las bestias que la habitaban. Nada tendría sentido. Alberto no podía irse por la puerta y cerrarla, dejarla ahí, para ya nunca volver. Borrarla de la memoria, como si nunca hubieran existido en todos esos lugares donde anduvieron. No podría, no quería estar sin él.

―Alberto, no te dejaré ir. ― Le advirtió desde la puerta impidiéndole el pasó.

―Ya lo platicamos. No podemos seguir juntos. Tenemos que seguir adelante, estarás bien.

― ¡No!, ¡Cállate! No sé estar bien sin ti. No lo entiendes. En cuanto salgas por la puerta, los demonios vendrán y me comerán lentamente, pero sin fin, porque me morderán y cuando crea que he muerto, volveré a despertar completa, sin rasguños. Pero luego ellos volverán y así sucesivamente. Alberto, duele mucho, arde. Cada mordida arde.

―Necesitas ayuda.

―Sí, eso necesito. Ayúdame. Por favor.

―No puedo, yo no puedo ayudarte. No sé cómo.

―Solo necesito que me quieras.

―Ya no sé cómo quererte.

―Como lo hacías antes. A todas horas, todos los días.

―No, ni tú, ni yo somos las mismas personas. Déjame pasar.

―Alberto… Si algo nos separa, será algo sublime.

― ¿De qué hablas?

Catalina sonrió, mientras veía a una mosca sobándose las patitas. Mientras Alberto se inflaba. Mientras el último rayo de sol pintaba el piso, y la habitación se hacía oscura, y el ácido resbalada de las manzanas y de su boca.

Aquella noche, las bestias llegaron puntuales, estaban ansiosas por alimentarse. Pero no encontraron a Catalina.