Por Jazmín Lozada

Imagínate, estás en verano y las hormigas se apoderan de tu casa.  Despiertas en tu cama después de haberte desmayado  por el calor. Tu brazo derecho no tiene piel, las hormigas lo rodean; observas como muchas  de ellas  van cargando pedacitos de ti, mientras otras vienen. Te levantas, estás desesperado ¡Delirando! ¡Gritando! Y entre temor te atreves a gritar su nombre, pero ella no acude a ti. Lo siguiente que haces, es quitarte esas diminutas cosas con el otro brazo ―Carajo te han penetrado, casi puedes ver el hueso— corres a la regadera y cuando por fin logras deshacerte de esas infames hormigas, ves un camino de sangre. En la puerta del baño está el perro del vecino ¡gritas¡ se lanza a ti y termina con tu brazo, ya no puedes luchar estás tan desangrado que  te cuesta estar consciente. Segundos después pierdes el equilibrio, caes y te golpeas contra la esquina del escusado. Las hormigas vuelven junto con cucarachas. Nadie encuentra tu cuerpo hasta dos semanas después en un estado de descomposición desagradable, no olvidemos, era verano y para entonces los insectos ya se te habrán metido hasta por las orejas.

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