Por Jazmín Lozada

La cuchara, el vaso, la taza, la cafetera en el fregadero, llenándose de moscas, expidiendo olores de pesadillas, de pasillos obscuros, de amores muertos. Las cuatro de la tarde, la misma hora en que se dieron su primer beso, Catalina lo recordaba, porque le encantaba recordar cosas. Muchacha nostálgica.

―Alberto…― Suspiraba como colegiala. ― Alberto― Decía y el aire se le acababa. ― Alberto…― Cada vez con un tono más triste ― Alberto…― Poco a poco la voz se le iba apagando―Al…ber…to― Dejó caer la “O” tan fuerte que la mesa tembló.

Las moscas seguían sobre el trastero, sobre la fruta. Los mangos ya eran negros, las manzanas despedían vinagre. Todo era ácido, su boca, sus labios, ácidos, brillantes.

Se escuchaba, el tic tac del reloj, el aleteo de las moscas. La luz entraba por una ventana sucia. Catalina contemplaba el polvo que se dejaba ver entre los rayos del sol. Brillaban, parecían danzar. Por un momento pensó, en que ella, en algún tiempo también sería polvo y podría bailar entre los rayos del sol. Quiso sonreír,  movió levemente los labios, pero se movieron en sentido contrario. Si alguien la viera, pensaría que está muy triste.

Le dolía la espalda, tenía frío, no se quería mover. Planeaba pasar ahí el resto de su vida. ¿Cuándo moriría? Sabía que le quedaba suficiente tiempo para recordar.

Alberto, estaba acomodando libros dentro de una librería en donde trabajaba.

―Hola, buscó libros de poesía. ― Catalina no sabía qué, pero sentía la necesidad de ver belleza, de sentir, y al mismo tiempo quería aprender a soltar, por medio de la palabra, los monstros que no la dejaban dormir, que le susurraban al oído que se cortara la piel, que cruzara la calle sin ver, que se fuera lejos y nunca regresara.

― ¿Algo en particular?

― Pues, si tienes de Baudalaire.

―Tengo un libro de ensayos sobre la obra de Baudalaire.

Los libros de ensayos no fueron suficientes para calmar las ansias de belleza, pero sí para encontrar el amor. Alberto la invitó a tomar un café, sin saber lo importante que sería, en la vida de los dos, aquella infusión, negra. A Catalina no le gustaba tomar café, pero disfrutaba de mirarlo, porque en una taza de café encontraba la noche.

-Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura,
A esa horrible infección,
Estrella de mis ojos, sol de mi natura,
¡Tú, mi ángel y mi pasión!

-Una Carroña. Baudelaire.

Era el poema favorito de Catalina. ¿Cómo no serlo? ¡Si era tan dulce entre tanta peste y morbosidad!

―Alberto, mi amor― Dijo entre sollozos. ―Eres la horrible infección.

Una mosca voló del fregadero, a la mesa, frente a Catalina.

―Somos una horrible infección.

Pero no era la sangre hirviendo por los rayos del sol, secándose, evaporándose, pudriéndose, lo que los volvía una horrible infección. Era otra cosa, más humana.

Después de dos años, una vida para los veinteañeros, Alberto la había traicionado, Catalina lo había traicionado.  Una noche, no puedo más con su indiferencia, sentía que sus caminos se separaban, que todos los planes acabarían. No podía regresar con las bestias que la habitaban. Nada tendría sentido. Alberto no podía irse por la puerta y cerrarla, dejarla ahí, para ya nunca volver. Borrarla de la memoria, como si nunca hubieran existido en todos esos lugares donde anduvieron. No podría, no quería estar sin él.

―Alberto, no te dejaré ir. ― Le advirtió desde la puerta impidiéndole el pasó.

―Ya lo platicamos. No podemos seguir juntos. Tenemos que seguir adelante, estarás bien.

― ¡No!, ¡Cállate! No sé estar bien sin ti. No lo entiendes. En cuanto salgas por la puerta, los demonios vendrán y me comerán lentamente, pero sin fin, porque me morderán y cuando crea que he muerto, volveré a despertar completa, sin rasguños. Pero luego ellos volverán y así sucesivamente. Alberto, duele mucho, arde. Cada mordida arde.

―Necesitas ayuda.

―Sí, eso necesito. Ayúdame. Por favor.

―No puedo, yo no puedo ayudarte. No sé cómo.

―Solo necesito que me quieras.

―Ya no sé cómo quererte.

―Como lo hacías antes. A todas horas, todos los días.

―No, ni tú, ni yo somos las mismas personas. Déjame pasar.

―Alberto… Si algo nos separa, será algo sublime.

― ¿De qué hablas?

Catalina sonrió, mientras veía a una mosca sobándose las patitas. Mientras Alberto se inflaba. Mientras el último rayo de sol pintaba el piso, y la habitación se hacía oscura, y el ácido resbalada de las manzanas y de su boca.

Aquella noche, las bestias llegaron puntuales, estaban ansiosas por alimentarse. Pero no encontraron a Catalina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s