Por Jazmín Lozada

A los cuatro años descubrimos la entrada al infierno. Quizá usted imaginará mil posibilidades: puertas góticas, que con mirar su altura intimidan, o bien un agujero de grandes dimensiones el cual emana un vapor negro en algún rincón remoto de la tierra. O quizá dentro de un nicho, imagine bajando una larga, oscura y húmeda escalera de donde salen arañas, o una mano o el hocico de una bestia.

¡Pues no! La entrada al infierno era un punto rojo en la esquina del suelo de la cocina de la familia Ángel. Mi primo Baltazar y yo nos entreteníamos dialogando sobre cómo imaginábamos lo que existía tras ese cristal rojizo que por las tardes arrojaba destellos.

Para poder ver el interior cerrábamos un ojo y manteníamos el otro abierto. Llegamos a divisar sombras y cuando había silencio suficiente escuchamos algo parecido a palabras, gemidos, agua hirviendo.

Pasaron algunos años, nunca supimos cómo es que el infierno llegó allí. Una tarde mi tío tiró esa cocina café, con telarañas, paredes grasientas y olor a sopa caliente. Mientras observamos caer las paredes entre las nubes de polvo, se acercó a nosotros, brillando, rodando, una enorme canica roja.

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