Única oportunidad

Por Jazmín Lozada

Todavía no cantaba el gallo, cuando a la puerta de Gabriel alguine tocó. Fueron tres golpes. Se levantó de mal humor, extrañando ya la cama. Abrió la puerta y entre las nuves se veían unos cuantos rayos de sol. Era su tía Elena.

—Hijo. Qué bueno que te encontré, siento mucho despertarte tan temprano, pero necesito de tu ayuda.

—Por favor, tía, pasa a la sala, hace mucho frío aquí afuera.  Dime, ¿Qué se te ofrece?

—Estoy aquí porque necesito tu ayuda en algo muy especial, mañana veré a la Virgencita.

Gabriel no dijo nada, porque le pareció estúpido, y decirle lo que pensaba a su tía no sería nada amable.

—Ya sé  que no me crees, nadie lo hace y no pido que lo hagas, solo quiero que me ayudes.  Si veo a la Virgen, ella me podrá ayudar, le pediré que me cure de mi esta enfermedad que se está llevando mi vida.

—¿Pero cómo es posible ver a la Virgen?

—Mi amiga, Juana, me contó que hay un padre que hace contacto con la Virgen.  Desde hace algunos días comenzamos parte del ritual. Hemos llevado ofrendas al altar que construimos, y cada noche rezamos el rosario y le cantamos a nuestra Virgen morena.

Gabriel se molestó porque supo que le estaban viendo la cara a su tía. Él no creía en milagros y menos para ellos, esas cosas le pasan a gente importante, a quienes viven en lugares hermosos, los que están destinados a cosas buenas.

—Ni usted, ni yo vamos a ir. ¿No lo ve?, eso es mentira. A ver, dígame ¿cuánto dinero le va a salir ese chistecito?

—Sabía que dirías eso. Solo dos mil pesos, mijo. No es nada, a comparación de lo que cuesta mi tratamiento. Entiéndeme, es la única oportunidad que tengo para salvarme.

—Y ¿para qué quiere que vaya?

—La cita es en la madrugada, a las dos tenemos que estar ahí.  Tú sabes que este barrio es muy feo, si voy sola quizá no llegué, además alguien tiene que cuidar a nachito.

—Esto no me gusta.

—No tiene que gustarte, lo peor que puede pasar es que no pasé nada. Por favor, si no tendré que intentarlo sola.

Gabriel tuvo que ir. A las diez de la noche su tía se presentó en la casa, en su espalda llevaba a su bebé dormido. Esperaron la madrugada, a la una se alistaron para salir. Tras cerrar la puerta, Gabriel sintió el frío húmedo de la madrugada que terminó por despertarlo. Rápido, sus zapatos se llenaron de lodo, era difícil esquivar los charcos, el lodo, el excremento y la pobreza. Las calles apenas iluminadas se parecían mucho a una ceguera. Los dos llevaban una lámpara en las manos, el bebé dormía. Tenían que caminar cinco cuadras para llegar a su destino. Los perros ladraban fuerte, de la misma forma que ladran a la muerte cuando va pasando.

Sus sombras se perdían entre las casas de madera podrida,  el cartón húmedo. Los tres se perdieron en la oscuridad de la misma forma en que se pierden las flores entre el lodo.

Gabriel quería regresar a casa y dormir, pero pensaba en su tía “es la única oportunidad”. La verdad era que, si no funcionaba aquello, se tendría que resignar a una muerte dolorosa y un final en la fosa común, un niño huérfano que heredaría la pobreza de siempre.

Una calle antes de llegar encontraron a un hombre tirado en el lodo, durmiendo con los perros. “¿Estará vivo?” se preguntaron los dos, pero no lo dijeron.  No era de su incumbencia. La muerte pasaba por ahí todas las noches y de manera perversa se llevaba la vida de los habitantes de aquella colonia. Eran muertes tan insignificantes que no aparecían en los periódicos.

Llegaron a la una cuarenta y cinco de la madrugada. Una mujer de aspecto descuidado abrió la puerta. Era una casa pequeña, las paredes eran blancas pero sucias, el piso era de tierra. No había diferencia entre adentro y afuera, hacia el mismo frío.

El interior estaba adornado por una estatua de la Virgen María, justo en el centro de la habitación. Alrededor de las paredes habían unas cuantas sillas, que parecían estar a punto de romperse. Una pequeña mesa de metal oxidada, pero que se alcanzaba a distinguir la palabra “Tecate” sobre el tablero, allí yacían unos cuantos libros, en las portadas habían ángeles, demonios,  y por supuesto el Sabbat.

A las dos de la madrugada apareció un hombre, entró por la puerta que daba a un pequeño cuarto. Aparentaba tener cuarenta años. Vestía un traje blanco pero amarillento. En sus brazos traía objetos para el ritual. Se presentó ante el grupo.

—Buenas noches, estimados. Diríjanse a mí como maestro. Mi nombre no importa, porque podrían llamarme de cualquier manera y seguiría siendo el mismo. Siéntanse afortunados, hoy estamos por presentar algo único. Han sido elegidos por fuerzas más grandes de las que entendemos para poder presenciar lo que ha sido reservado para unos cuantos. — Miró a cada uno  a los ojos y siguió — Antes de continuar, es mi deber advertirles, su vida cambiará de muchas maneras. Si están aquí solo por curiosidad les pido que se marchen, pues solo evitarán que suceda el milagro, recordemos que las puertas solo se abrirán para los que crean en el otro mundo.

Gabriel estuvo a punto de decir algo, de pararse y salir por la puerta. Pero su tía lo miró y eso bastó para quedarse. Le tendió al niño en sus brazos y le dijo:

—Me lo cuidas mucho, si se despierta le das de comer, hay medio biberón con leche y otro con agua. —Al ver que su sobrino no dijo nada prosiguió— Muchas gracias, mijo, ya veré como te recompenso.

Él sonrió y se tragó todo lo que en realidad quería decir. Su tía sonrío, estaba feliz, llena de vida como hacía mucho no lo estaba. Se alejó unos pasos, pero pareció una distancia infinita.

Dos mujeres dibujaron un círculo con sal en medio de la sala. Otros hombres ayudaban con los preparativos. El “Maestro” se encontraba meditando. Pasaron unos minutos.

—Ahora todos nos sentaremos dentro del círculo. Hay quienes dicen que los rituales son brujería, cosas del diablo, pero hay que recordar que el diablo existe para quien lo nombra. Nosotros llamaremos a la Virgen María, nada hay que temer en los santos y Ángeles, pues ellos están para protegernos y nosotros para adorarlos. Empecemos pues, nuestro ritual.

Todos se miraron, pues eran cómplices, en el fondo algo les advertía que eso estaba mal, pues en aquellos barrios se dicen muchas cosas, de charlatanes, de brujos, de demonios, porque es más fácil creer en el mal que en lo bueno. Aun así, esa noche, estaban dispuestos a arriesgarlo todo, porque lo que más querían solo se cumpliría con un milagro.

—Para que esto funcione, hermanos, tenemos que creer en la Virgen, hay que tener una fe ciega en la existencia de nuestra madre y padre. Todos utilicen su rosario y su cristo, piensen únicamente en nuestra madre.

La gente estaba muy atenta. Gabriel empezó a tener sueño, uno muy pesado, se quedó dormido. Un humo oscuro empezó a contaminar el lugar, las ventanas se cerraron, las personas se confundían entre ellas. Cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, el “maestro” empezó un rezo que nadie había escuchado antes y pidió a cada uno de los asistentes que cortaran una pequeña parte de su piel, suficiente para  dejar caer una gota de sangre sobre una osamenta. La gente lo hizo, temerosa pero a la vez ilusionada. Elena, estaba feliz, hizo todo sin preguntar, sin pensar en otra cosa más que la Virgen.

Todo se envolvió de una oscuridad infernal, las paredes sucias desaparecieron consumidas por la negrura de esa noche. Empezaron a escuchar voces, las palabras pronunciadas eran en otra lengua, pero ellos la entendían.

De algun lugar, parecido a un eco, se escuchaban risas, palabras incompletas, aullidos de dolor, suplicas, cada vez estaban más cerca, hasta poder escucharlas en sus oídos, dentro de sus cabezas, y aún más adentro, en aquello que llamamos alma.

Cada uno de los asistentes estaba ahí por una razón especial. Pedro quería cambiar su suerte y la de su familia, quería que por arte de magina, la Virgen le ayudara a ser menos pobre. Antonio, iba a pedir que curaran a su bebé moribundo a causa de la anemia. Entonces los demonios salieron, y comenzaron a burlarse de ellos, de sus males, de su desgracia.

Se acercaron a cada uno y los devoraron, de manera que pareció una eternidad, aunque solo fue un momento.

—Elena, yo soy tu cáncer, ¡jaja!— le decía mientras le mordía las entrañas, mientras la sangre le resbalaba por las piernas. —Nadie te salvará, menos la virgen, porque a ella no le importas, porque solo los demonios están reservados para personas como tú.

Elena, veía a su hijo y sobrino, sentados en una silla, como si todo fuera un sueño. Quería alcanzarlos, tocarlos, salvarlos, pero cuando parecía alcanzarlos se deshacían como el polvo, como los muñecos de lodo que hacía de pequeña. Ahora, lo único real eran los demonios. Iguales a como se los había imaginado, como su madre le contó de pequeña, como la iglesia los dibujó.

Le pareció una eternidad, pero por fin vio la puerta, una cascada de sangre hirviendo la llamaba, pero los demonios no la dejaban avanzar, y Elena se quedó ahí, gritando de dolor, del dolor que sentía sobre su piel y sobre su corazón.

A la mañana siguiente, Gabriel despertó por los llantos del bebé. Al abrir los ojos, se encontró con una escena espantosa. Los cuerpos de las personas estaban dentro del círculo de sal, pero parecían que habían luchado por salir de él. El suelo de tierra estaba rasguñado y había huellas de pesuñas y de patas de aves. El rostro de los hombres y las mujeres eran horrorosos.

Encontró el cuerpo de la tía Elena devastado, como si en unas cuantas horas su enfermedad se la hubiera consumido. No pudo soportar el terror, en un silencio que le causó más dolor que cualquier grito, Gabriel salió corriendo. Afuera, los perros y los gatos lo veían con ojos curiosos. Le abrieron camino sin ladrarle, solo mirándolo con pena. El bebé iba en sus brazos, llorando.

 

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