No querrás ver a un gorila enorme llorar

No querrás ver a un gorila enorme llorar

Por Jazmín Lozada

Ayer soñé con las tortugas ninja y con King Kong.

     Pero este King Kong, mi King Kong, había evolucionado a través de diversas sustancias, al principio su cuerpo era como el oro fundido, después algo parecido al titanio, pero al final ya solo era una maraña gigantesca de fuerza. Y, por supuesto, los humanos lo querían matar. Él quería escapar, pero todas las fronteras estaban ocupadas; con sus poderosos sentidos percibía las guerras alrededor del mundo y sintiéndose culpable y sintiéndose tonto, dedujo que su única opción era escapar del planeta. Por esa razón utilizaba al Empire State como una escalera para largarse de aquí.

     Yo era Miguel Ángel, una de las cuatro tortugas ninja y trataba de cuidarlo, traducir ambos lenguajes y fungir como mediador entre los dos para convencerlos que King Kong no quería hacerles daño, y convencerlo a él, que los hombres no lo culpaban de las guerras. Sin embargo, al mirarme en el reflejo de mi espada deduje que, por mi apariencia no humana, no me harían caso. Y así fue.

     Con el poco valor ninja que me quedaba, me paré frente al gran ejército de diminutos hombres que nos estaban rodeando y les exigí que no lo mataran. Todo fue en vano, qué ingenuo fui al pensar que me harían caso, qué ingenuos fueron al pensar que podían matarlo.

     Entonces, una figura con uniforme militar se me acercó y pronunció, con una voz muy parecida a la de mi sensei, algo que no consigo olvidar: ¿Por qué no matar eso que nos destruye? Miré atrás, y el miedo que tenía King Kong había destruido la ciudad.

    Algún cobarde debió dispararme por la espalda, lo sé porque desperté en mi cama. Pronto me dio sueño y me dormí pensando en mi respuesta que le daría al viejo soldado. Al volver, lejos de encontrarme en ese mismo instante del que me arrancaron, me encontré en una ciudad envuelta en humo y ceniza. El llanto de King Kong se escuchaba lejos, pero de un momento a otro me encontré frente a él. Estaba llorando, y te lo aseguro: no querrás ver a un gorila enorme llorar.